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  • DOMINGO 22 DE OCTUBRE DE 2017
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  • Foto: Alejandro Meza.
  • ANDRÉS SOLÍS

    Armados con sus brazos y piernas, los capitalinos dieron la pelea al desastre.

    Apenas habían pasado dos horas del simulacro cuando nuevamente la alerta sísmica sonó por la Ciudad de México. Ya no era un simulacro, era un movimiento telúrico que volvió a sacudir el centro del país, este día, cuando recordábamos la tragedia de un 19 de septiembre de 1985.

    Muchas personas no habían alcanzado a regresar a sus casas o lugares de trabajo del ejercicio simulado cuando la tierra se movió. Aquellas que apenas comenzaban a retomar sus actividades, salieron de nuevo a la calle, pero ahora sí con la alerta de que había derrumbes y daños graves en varias partes de la capital mexicana, en localidades de Puebla, Morelos y Estado de México. Ante esta nueva emergencia, una vez más la sociedad salió a las calles a brindar su auxilio.

    Decenas de personas buscaron moverse de inmediato hacia los edificios colapsados; uno que otro llevaba alguna pala o una barreta de hierro para apoyar en las labores de rescate. Muchos llegaron antes de que la autoridad hubiese colocado las cintas amarillas para delinear la zona de riesgo. En calles de las colonias Roma y Condesa, que resultaron con graves afectaciones, decenas de civiles ya se encontraban encima de estructuras destruidas por el sismo, tratando de escuchar gritos de auxilio.

    La reacción solidaria fue paradógica, porque por la mañana, la respuesta al megasimulacro fue escasa, mayoritaria en edificios públicos y en los grandes rascacielos de Paseo de la Reforma; pero tras la sacudida del mediodía, el México solidario nuevamente salió a ensuciarse las manos.

    Quienes no pudieron acercarse a zonas derrumbadas en busca de aquellos que nunca habían visto, se dieron a la tarea de ir a buscar los pocos comercios que permanecieron abiertos para comprar agua potable y entregarla a las víctimas, a los rescatistas.

    Decenas de manos llegaban cargadas con paquetes de agua, algunos alimentos, mientras elementos de la Policía desplegada en la zonas hacían un llamado a que les llevaran linternas, mantas, cobijas, material de curación.

    El caos no logró apoderarse de la zonas de escombros, pese a la emergencia, y eso fue porque otras personas se dieron a la tarea de comenzar a controlar el tránsito, de abrir paso a las ambulancias y los vehículos de socorro, mientras permitían el paso de peatones y de aquellos automovilistas despistados o, que temerosos, querían alejarse de la zona.

    Ahí pudieron verse a desconocidos con desconocidas, prestándose teléfonos celulares para comunicarse con sus familias, pese a lo caótico de la red telefónica y de Internet.

    Sin electricidad y con tantos comercios y negocios cerrados, un heladero en la colonia Roma no quiso cerrar su establecimiento, porque quiso ser al menos una alternativa para ir al baño y lavarse la cara A medida que avanzó la tarde; las principales vialidades de la ciudad se quedaron sin transporte público.

    No hubo colectivos, no hubo Metrobús, el Metro dejó de prestar servicio en tanto se garantizaba su seguridad estructural.

    De la nada más solidaridad chilanga. Autos particulares, camionetas, camiones de volteo y sobre todo motocicletas, se volvieron transporte colectivo gratuito.

    Entrada la noche, sin luz, con muchas horas de trabajo encima, este México solidario no bajó la guardia, siguió moviendo piedras, maderas y lo que fuera con tal de encontrar vidas atrapadas o al menos poder recuperar los cuerpos de quienes no lograron sobrevivir.

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